Crítica a mi obra


Mª Ángeles Redondo y la realidad tangible de la inspiración artística.

Daniel Arenas Rodríguez

De la Asociación Española de Críticos de Arte

El crítico obstinado no ceja en su empeño de enfrentarse en su devenir cotidiano a la ardua tarea de opinar y cuantificar las cualidades de lo etéreo. León Tolstoi en su sublime, y universal disertación acerca del arte, argumenta con inmejorable criterio que "si una obra de arte es buena, el sentimiento moral o inmoral, expresado por el artista, se transmite de él a los demás hombres (y mujeres, por supuesto, -que dirían ahora los acérrimos defensores sexistas de las clases progresistas)... Si se transmite a ellos y ellos lo sienten, todas las explicaciones son superfluas. Si no se transmite, ninguna explicación será bastante a remediarlo. La obra del artista no puede ser explicada. Si el artista hubiera podido explicar con palabras lo que desea transmitirnos, con palabras habríase expresado. Si se valió del conducto del arte para expresarse, es sin duda, porque las emociones no podían sernos transmitidas por medio de otro conducto". No sería difícil deducir por el resto de los mortales, que ante este planteamiento categórico difícilmente quedaría posibilidad de comentar algún apunte de la obra de Mª Ángeles Redondo. Aún así, haciendo alarde de mi manifiesta obstinación retaré la palabra del sabio literato, pues de la misma manera que el arte se hace indescriptible con palabras, el "arte de la palabra" adquiere contenido justamente con aquello que trasciende a un nivel prócer.

La producción artística de Mª Ángeles Redondo transmite sensación de serenidad, calma y paz no fáciles de hallar. Su pintura es reflexión y silencio, quietud en los componentes que la conforma; rincones con plausibles geometrías compositivas, conjunciones de elementos figurativos que parecen que observan distanciados y arrogantes a la mirada del espectador. 

Pero este distanciamiento es sólo aparente, porque la artista, subrepticiamente, con meticuloso trazo, pincelada abierta, suave y precisa, apunta directamente hacia el alma del observador a través de su representación, haciéndole partícipe directo de todo el proceso creativo y no sólo de su ejecución final, ya que éste se construye de manera tangible y cuantificable naciendo de las eferencias motoras de su organismo para manejar los pinceles, y también de manera espiritual, gestándose desde el interior de su voluntad e inspiración.

La artista nos embriaga con motivos florales, paisajes flotantes en mares sin retorno, con aguas calmadas y naturaleza muerta en sus bodegones, donde la luz juega un papel principal, y el color es su mejor consejero para marcar con arrojo el camino hacia la resolución artística. Escenas marineras, jarrones sombreados bañados por resplandores de luz cristalina donde destaca la pureza de los volúmenes, consiguiendo transformar lo transitorio en eterno.

Las pinceladas de Mª Ángeles Redondo maduran bien y, con los años, se alzan en una génesis mística de color y destellos. Las líneas contornean objetos que parecen danzar apaciblemente por escenarios ausentes de concesiones hostiles para reproducir un mundo positivo, real, y cotidiano. A medida que afloran al cuadro impresiones de su pasado, la artista enriquece su trabajo y lo embadurna con el simbolismo del recuerdo, confiriéndole contenido, concediéndole vida a lo representado y colmando de plenitud su espíritu. A partir de ahí sus pinturas nos hablan y nos cuentan sentimientos internos, transmitiéndonos la vibración de sus múltiples emociones primarias. Sus pinturas actúan como una valiosa y mística llave de entrada de la puerta de su intimidad, también como reflejo de su forma de entender el arte, de ese encuentro entre la improvisación creadora y un pragmatismo artístico muy personal.

A un lado quedan las composiciones y escenarios representados, los cuales concretan una realidad cotidiana, pura y palpable; a otro la interioridad del alma, que canaliza abiertamente sus meditaciones, de ahí ese misticismo antes comentado, de ahí ese contraste entre la primacía constante en su obra sobre lo meramente corpóreo y real y lo metafísico, latente en su memoria, en esos recuerdos que sirven como fuente de prodigiosa y exquisita inspiración.

El arte en la pintura de la cobisana trasciende las fronteras de lo meramente artístico para trasvasar una línea definitoria, pero quizás entendida como indefinida desde una perspectiva más intimista. Pintar elementos naturales, objetos sensibles y escenarios acostumbrados que pertenecen a un mundo cercano, sincero y cierto, pero elaborados a partir de revelaciones interiorizadas, y convertidos en expresiones espontáneas reflejo de su estado de ánimo.

Las virtudes del color y de la forma se entregan sin límites a este universo espiritual que la creadora plasma sobre el lienzo de manera magistral en su lucha constante por encontrarse consigo misma, al unísono que ubica su condición de artista acompasándola armónicamente con el entorno más cercano; atareada, y empleada a fondo en la misión de descubrir el plectro de su obra y conseguir representar aquello que la cautiva, enfrentándose cara a cara con la realidad de sus pinceles, con la tarea de combinar minuciosamente los pigmentos de su paleta, y plasmar sobre el lienzo despejado, las ideas que irá desvelando pincelada tras pincelada, minuto tras minuto.

La artista, consagrada al compromiso de la creación, siente la inquietud y necesidad orgánica de exteriorizar su energía y lo hace dando forma a lo inmaterial, plasmando sus ideas de manera bella y sublime, con un estilo propio y notorio. No trata de contar lo que ven sus ojos del mundo, sino de transmitir aquello que realmente se siente al descubrirlo.

Quizás por ello el Erudito manifieste como una dificultad extrema el revelar con palabras aquello que no se posibilita de manera alguna expresar mediante mecanismos sintácticos y semánticos. La esencia del contenido artístico que Mª Ángeles Redondo transfiere a su obra sólo podrá trascender más allá de lo intangible e incorpóreo a través de la propia ilusión y sensibilidad artística que la autora trasmite a sus pinturas, buscando la contemplación sin palabras de quien las observa y admira con ojos intrigados y generosos; así como mediante la vocación profesional del analista, para que argumente sus preceptos mediante el lenguaje que le dispensa su mirada crítica y el palpitar del corazón. []

Córdoba, abril 2016